
Por Carlos del Frade
Fueron 30 mil desaparecidas y desaparecidos en los años setenta durante el terrorismo de estado que eligió ser socio de la FIFA para perpetuarse en el poder en 1978 y ahora son 30 mil dólares para castigar el gesto soberano de reclamar parte del territorio usurpado a partir de 1833.
Hay palabras y números que se repiten en la evolución de los pueblos. Una y otra vez.
Con distintos significados y contenidos pero allí vuelven a surgir las mismas cifras mientras el tiempo avanza y amenaza con el olvido definitivo.
Pero hay números que vuelven. En esas reiteraciones, entonces, surgen coincidencias, parecidos que por lo menos se sintetizan en esos vocablos y en esas cifras que insisten en mostrarse.
La palabra multa surgió en el idioma castellano en 1495, tres años después de la llegada de Colón a las tierras americanas. Derivada del latín, el vocablo tenía su raíz en muelle y sus derivaciones aparecieron en palabras tales como multiplicar, multiforme y mundano.
Remitía al concepto de castigo pero también anunciaba su repetición.
El sábado 22 de agosto de 2026, la noticia de primera plana en varios diarios argentinos fue el castigo de la Federación Internacional de Fútbol, la FIFA, por los incidentes de los partidos contra España e Inglaterra.
Aplicaron una pena de 10 partidos de suspensión y 90 mil dólares a Leandro Paredes, 7 encuentros y otros 90 mil dólares a Nahuel Molina y un cotejo y 30 mil dólares a Thiago Almada más tres partidos y 30 mil dólares a Roberto Ayala, ayudante de campo de Lionel Scaloni.
Por la bandera que los chicos de la selección levantaron al término del partido con Inglaterra y que decía la vieja verdad histórica que “Las Malvinas son argentinas”, la internacional del negocio del fútbol aplicó una multa de 30 mil dólares.
La repetición del número parece un lugar común del poder para con la muchachada rebelde de estos atribulados y saqueados arrabales del mundo: 30 mil.
Fueron 30 mil desaparecidas y desaparecidos en los años setenta durante el terrorismo de estado que eligió ser socio de la FIFA para perpetuarse en el poder en 1978 y ahora son 30 mil dólares para castigar el gesto soberano de reclamar parte del territorio usurpado a partir de 1833.
Mientras se disputaba la final de aquel campeonato en cancha de River, muy cerca de allí, en las instalaciones de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, cientos y cientos de rebeldes eran castigados por su rebeldía de convertir la realidad argentina en un territorio que se pueda vivir con gloria haciendo que en el trono de la vida cotidiana esté la noble igualdad.
Medio siglo después, en un presente en donde la noble igualdad pierde por goleada, la osadía de dos pibes argentinos que levantan un trapo arrojado por hinchas es castigada desde las mesas chicas en que se negocian pasiones e identidades históricas.
Por eso se multa la leyenda “las Malvinas son argentinas” con 30 mil dólares. De tal forma, el castigo y la multa del 30 mil parecen atravesar medio siglo de historias argentinas. La cuestión, como siempre, está en los distintos sentidos que tiene una misma palabra.
Porque como viene, definen los etimólogos, la multa que es sinónimo de pena y castigo, también es la base de una palabra que se hace verbo: multiplicar. Porque más allá de las sanciones del poder que suelen repetir el número de 30 mil, suelen multiplicarse las rebeldías, no solamente en la cancha chica del fútbol si no también en la cancha grande de la realidad y la historia. Quizás no se perciba todavía pero en cientos de geografías argentinas comienzan a aparecer los signos de esas multiplicaciones de rebeldías que las distintas formas del poder quieren aniquilar de manera definitiva y no lo pueden lograr.
Ni en la cancha chica del fútbol, ni en la cancha grande de la existencia cotidiana del pueblo argentino. Porque no hay multa eterna sobre el deseo histórico de un pueblo que empieza a buscar respuestas sobre por qué cuesta tanto ser felices en una tierra con tantas riquezas.
Fuentes: Diario “La Nación”, sábado 22 de agosto de 2026; “Breve diccionario etimológico de la lengua castellana”, de Joan Corominas, Gredos, Madrid, tercera edición, 1973.
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