
Hay partidos que terminan cuando el árbitro marca el final. Y hay partidos que trascienden los noventa minutos para convertirse en parte de la historia de un pueblo. La semifinal del Mundial 2026 entre Argentina e Inglaterra fue, ante todo, un partido de fútbol. Nada más y nada menos que eso. Veintidós jugadores disputando una pelota, millones de personas alentando desde las tribunas y desde cada rincón del planeta. No era una guerra. No era una revancha militar. Era el deporte en su máxima expresión.
Durante días, el pueblo argentino lo dijo con claridad. Lo expresaron el Gobierno, los medios de comunicación, las escuelas, los institutos, los Centros de Veteranos de Guerra de Malvinas y miles de ciudadanos comunes: el fútbol jamás reemplazará a la guerra, ni la guerra debe volver a repetirse.
Sin embargo, cuando desde una tribuna apareció una bandera con la leyenda «Las Malvinas son Argentinas», y los jugadores de la Selección decidieron desplegarla sobre el césped, no hicieron otra cosa que expresar un sentimiento profundamente arraigado en millones de argentinos.
No fue un acto de odio. No fue un mensaje contra un pueblo. Fue la expresión pacífica de una convicción histórica que forma parte de nuestra identidad nacional. La misma bandera que un hincha puede llevar a una cancha. La misma que un niño levanta en un acto escolar. La misma que un veterano abraza cada 2 de abril.
La misma que yo llevo corriendo por toda la Argentina para mantener viva la memoria de nuestros héroes. Porque cada vez que participé en una carrera llevando la bandera argentina y recordando a Malvinas, jamás corrí contra nadie. Corrí por alguien. Por los que volvieron. Por los 649 héroes que quedaron custodiando nuestras islas. Por sus familias. Por la memoria. Por la paz.
Resulta doloroso que un gesto nacido del amor por la patria despierte respuestas cargadas de resentimiento político. El mundo conoce la existencia de una disputa de soberanía sobre las Islas Malvinas. También sabe que en 1982 la sangre de jóvenes argentinos y británicos quedó para siempre sobre aquellas tierras australes. Esa sangre no debería convocarnos al enfrentamiento.
Debería obligarnos al diálogo. A la reflexión. A la diplomacia. Porque ningún pueblo merece seguir heredando conflictos que solo producen dolor. Las guerras dejan viudas. Dejan madres que nunca dejaron de esperar. Dejan hijos sin abrazos. Dejan silencios que atraviesan generaciones. Por eso quienes amamos verdaderamente a Malvinas no buscamos otra guerra. Buscamos memoria, verdad histórica y una solución pacífica que honre la vida de quienes ya no pueden hablar.
Las Malvinas no son una consigna pasajera. Son parte de la historia, de la identidad y del corazón del pueblo argentino. Y mientras existan argentinos capaces de recordarlas con respeto, con dignidad y sin odio, la causa seguirá viva. No para alimentar rencores. Sino para mantener encendida la llama de la memoria.
Como autor de “HOMENAJE”, La Pasión de un Soldado por Correr y Malvinizar, he recorrido miles de kilómetros llevando esa bandera por toda la Argentina. Nunca lo hice contra un pueblo. Siempre lo hice a favor de una causa: que el sacrificio de nuestros héroes jamás sea olvidado y que las futuras generaciones comprendan que la soberanía también se defiende desde la educación, la memoria, el deporte y la paz.
Porque el verdadero triunfo de una Nación no consiste solamente en levantar una copa. Consiste en no olvidar nunca a quienes dieron todo por ella.
José Gustavo Illes. Autor de HOMENAJE – La Pasión de un Soldado por Correr y Malvinizar.
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