
En la tarde del lunes 19 de enero de 2026, una madre brindó un testimonio profundamente conmovedor sobre su experiencia de más de cinco años acompañando a su hijo adolescente, recientemente diagnosticado con trastorno límite de la personalidad y ansiedad compulsiva. A través de su relato, expuso con crudeza las falencias del sistema público de salud mental, al que definió como «colapsado» y carente de recursos, pese al compromiso y la calidad humana de muchos de sus profesionales.
«No se toma dimensión de cuando una persona realmente necesita ayuda. No se toma dimensión porque no sabemos ver cuál es el inconveniente que esta otra persona, familia, atraviesa, porque saben camuflarse muy bien; saben camuflar sus enojos, sus rabietas, sus asilamientos», expresó, al señalar que muchas veces los signos de alerta se confunden con conductas propias de la adolescencia. Según relató, su hijo atravesó múltiples intentos de suicidio y episodios de autoflagelación, lo que derivó en entre seis y siete internaciones, tanto voluntarias como asistidas.
El sistema público funciona siempre y cuando no sea sábado y domingo. Funciona, pero está colapsado. Funciona porque tiene grandes y excelentes profesionales, los cuales tienen una calidad humana extraordinaria, pero lamentablemente no se trabaja en red.
Pudo confirmar que «no hay un área de manera específica y particular donde se los pueda internar», «en los sanatorios privados no existe la internación por salud mental, no existe una guardia para salud mental». Y en el hospital, «de las últimas internaciones que tuvimos, había 20 camas fáciles en la sala de adultos de salud mental internados con otras personas», recordó.
Además explicó que, si bien en el Hospital de Reconquista hay atención por la mañana y la tarde, esta se reduce con el correr de las horas. «Llega un determinado horario y los chicos se van; es lógico, uno termina su trabajo y se va a su casa», afirmó, al detallar que los equipos suelen estar integrados únicamente por enfermeros, un asistente social, un psicólogo y un psiquiatra, es decir, entre cuatro y cinco personas por turno, con rotación y sin cobertura nocturna.
Uno de los episodios más angustiantes que recordó ocurrió cuando debió dejar internado a su hijo solo porque no le permitían quedarse a acompañarlo. Le decían que estuviese tranquila porque iba a estar «controlado». Sin embargo, al regresar al día siguiente, se enteró de que había compartido con otro adolescente que «estaba totalmente dado vuelta, que se arrancó jeringa, todo, y se fue al carajo puteando». «Y no había nadie en la guardia donde estaban internados».
El acceso a la medicación es otro de los grandes obstáculos. La madre señaló que su hijo debe tomar tres medicamentos diarios y que, aun con cobertura social, el costo del más económico ronda los 60 mil pesos. «¿Qué bolsillo aguanta?», se preguntó. «En el hospital no se consiguen», advirtió.
El impacto en la vida familiar y laboral también fue significativo. «¿Tuve que dejar de trabajar para asistir a mi hijo? Por supuesto», confesó, describiendo la convivencia permanente con lo que definió como una «pulsión de muerte 24-7».
LA DECLARACIÓN DE EMERGENCIA EN SALUD MENTAL
Entiende que «el sistema público da lo que tiene, da lo que puede», y que «de nada sirve declarar -como lo han declarado no hace mucho desde el Concejo- una emergencia en lo que es salud mental si no contamos con los recursos económicos y necesarios para poder salir adelante, desde la familia, desde el paciente, que muchas veces no quiere ser asistido, que no le interesa ser asistido, y también pensar un poco en esa necesidad y en esa carga con la que vive el paciente».
«Es otro día más, es otro día más y esa pulsión de muerte 24-7 y decir: ¿otro día más yo me tengo que levantar? Y es otro día más que tengo que intentar subsistir, porque ni siquiera se vive, se subsiste. Tocás fondo, las sogas aparecen y cuando hablo de sogas, no hablo de sogas literales, hablo de sogas figurativas, una mano, un amigo, un extraño, pero no es suficiente, nunca es suficiente», expresó.
Lamentó que «no hay espacios» y «el hospital trabaja en red cuando estás ahí adentro, nada más, pero cuando salís afuera te encontrás con la realidad cruda del mundo que te pasan por al lado y si te pueden pisar, te pisan y te dicen: Ah no, porque ese loquito se falopea; ah no, porque esta es una loquita y no sabés lo que hace; ah no, porque este loquito es tal cosa».
«Entonces existe desinformación por parte de la población. Porque nadie sabe lo que le pasa a ese loquito o a esa loquita. Porque no somos loquitos ni loquitas. Somos personas con una deficiencia. Ni siquiera con condición. No somos especiales tampoco porque especiales son las pizzas. Nadie es especial. Especial son las pizzas y las comidas. Todos somos seres humanos, algunos con mayores o menores cargas, o mayores y menores cruces. Pero falta mucho; la sociedad tiene que saber que falta y que falta un montón», aseveró.
LA RESPONSABILIDAD COMO PADRES
En su testimonio, la madre también hizo una fuerte autocrítica sobre las prácticas cotidianas de crianza y el uso de pantallas en la infancia: «Tenemos 24-7 a los chicos de 6, 7, 8 años con una pantalla todo el tiempo como para poder callarlos y nosotros como papás o mamás también poder cumplir nuestra función y nuestro rol en la casa, el trabajo, la limpieza, la comida… Muchas veces suele pasar que, a los efectos de dejar entretenido a nuestros pequeños, le demos una pantalla, y está esa irresponsabilidad de nuestra parte como padres que también quizás no la vemos y no la asumimos», expresó.
Además, relató el profundo proceso personal que atravesó como madre: «Quizás yo tuve que hacer un gran proceso para poder perdonarme el no haber sabido reconocer a tiempo lo que le pasaba a mi hijo y agradecerle a Dios por haber estado en el momento justo, porque si no mi hijo se muere desangrado».
En ese sentido, remarcó que «la gente necesita saber que hay cosas más importantes que juntar plata para pagar una prepaga o para pagar un cajón» y llamó a fortalecer los vínculos afectivos: «Es más importante mirarse a los ojos y decirle a la persona que tenés a tu lado: Yo te amo, yo te quiero, déjame acompañarte en este proceso, por más que la otra así no lo quiera de entrada, pero, a la larga, siempre llega la oportunidad, porque Dios sabe cómo y cuándo y por qué nos da todas las cargas y todas las guerras para seguir luchando».
«NECESITAMOS EMPATÍA»
En un mensaje final cargado de emoción, la mujer llamó a priorizar los afectos y la escucha por sobre los juicios. «No necesitamos ser médicos, no necesitamos tener el mayor título, lo único que necesitamos es empatía», remarcó.
Sostuvo que «la gente necesita hablar, necesita abrazar, necesita enfocarse en lo que realmente es importante, que son los afectos, el momento, el estar hoy… y no juzgar».
«¿Por qué tenemos que vivir la vida juzgando y mirando la paja en el ojo ajeno? ¿Por qué? ¿No nos damos cuenta de lo que estamos atravesando? ¿No sabemos lo que necesitamos, acaso?», expresó.
La mujer instó a los oyentes a no juzgar a quienes atraviesan situaciones difíciles: señaló que, si alguien tiene un hermano, amigo o vecino cuya vida desconoce o cuya mirada parece «perdida», «no lo juzguen, abrázalo y amalo desde tu condición de ser humano, desde tu condición de ser persona».
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