Un crimen que estremeció al país: a medio siglo del secuestro y asesinato del General Aramburu.

Aquel, el de hace medio siglo, era otro país. No sólo diferente al de hoy, sino un país diferente al país que era antes del asesinato de Pedro Eugenio Aramburu. Gobernaba la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía, conocida como “Revolución Argentina”: un proyecto que iba hacia ninguna parte entre alamares y bayonetas, que había congelado salarios, desatado los precios, vaciado la Universidad y reprimía a gas y palos cualquier protesta. Una dictadura terrible, si las que llegaron después no lo hubiesen sido más, que se resquebrajaba por horas a un año del Cordobazo, la gigantesca protesta obrero estudiantil que en 1969 había forzado la intervención del Ejército.

El asesinato de Aramburu no dividió a un país que ya lo estaba, cuando no existía la grieta: instauró la muerte como moneda de cambio, como valor moral de la política, como un medio para alcanzar fin. Dos bandos, peronistas y antiperonistas, se enfrentaban desde 1955, cuando Juan Perón fue derrocado por la “Revolución Libertadora” de la que Aramburu fue actor principal, además de presidente provisional de la Nación. Según el bando, cada quien festejó o se horrorizó. Eso también era nuevo en la Argentina: la muerte del otro podía ser motivo de celebración y algarabía humillantes.

“Con los huesos de Aramburu / haremos una escalera / para que baje del Cielo / nuestra Evita Montonera”.

Eso se cantó en las calles en aquellos años. Pocos, casi nadie, vieron el abismo al que la sociedad se asomaba con cierto desenfado, ni supieron calcular la profundidad de la caída.

Ese viernes 29 de mayo de 1970, Día del Ejército, Aramburu no había sido invitado por sus camaradas de armas al acto central en el Colegio Militar de El Palomar. Era una figura hostil para el gobierno. Los rumores decían, y sus biógrafos lo sostuvieron casi medio siglo después, que Aramburu, junto con un sector amplio del Ejército, sabía que Onganía ya no daba para más, que era preciso, para decirlo en términos elegantes, conducir a un prudente desenlace institucional a ese gobierno militar. Su figura, afirman Rosendo Fraga y Rodolfo Pandolfi en “Aramburu-La biografía”, asomaba como una figura de recambio, acaso la más sensata, para poner fin a un proceso de deterioro, proscripción del peronismo, imposibilidad de participar en elecciones, democracia fragmentada, desatado por la Libertadora.

La mañana de su secuestro, y sin saber qué había pasado, llegó hasta el departamento de Aramburu el abogado radical Ricardo Rojo: tenía una cita, a las 11, con Aramburu, que jamás se produjo. Rojo era un hombre de contacto estrecho con Perón: es a Rojo a quien Perón envía, el 2 de agosto de 1968, una conceptuosa carta de elogio por su libro “Mi amigo el Che”, en la que también derrama encomios a la figura de Ernesto Guevara, asesinado el año anterior en Bolivia.

¿Era Rojo un virtual enlace entre Perón y Aramburu? ¿Conocía el gobierno de Onganía esos contactos? Varios de los generales retirados que rodeaban a Onganía, Francisco Imaz como ministro del Interior, Mario Fonseca como jefe de la Policía Federal, Eduardo Señorans como director de la SIDE, habían sido seguidores de Eduardo Lonardi, el primero de los presidentes de la Libertadora, desalojado por Aramburu en noviembre de 1955, dos meses después de asumir, y habían jurado poco menos que venganza ante la tumba de Lonardi, en marzo de 1956. ¿Se embarcaron sus antiguos camaradas, aún en las antípodas, en la aventura de secuestrar a Aramburu?.

Si el secuestro se conoce en la mañana del 29 de mayo, es porque dos de sus amigos incondicionales, el general Bernardino Labayru y el capitán de Navío Aldo Luis Molinari, lo comunican a los medios: sospechan que el gobierno está detrás del episodio. En el entorno de Onganía sospechan, en cambio, que la ausencia de Aramburu es una estratagema, un “autosecuestro” destinado a perjudicar al gobierno y a consagrarlo como su lógico sucesor. De hecho, al día siguiente un funcionario del Ministerio del Interior dirá que Aramburu está por aterrizar, o ya lo ha hecho, en Montevideo.

Si Aramburu era una figura hostil para Onganía y para el sector del Ejército que lo sostenía con menos firmeza cada vez, para el peronismo era una figura odiada. No sólo era la cabeza visible del derrocamiento de Perón, junto al almirante Isaac Rojas, sino que era responsable del fusilamiento de 27 civiles y militares en junio de 1956, ante una intentona contrarrevolucionaria. Entre los fusilados figuraba el jefe del levantamiento, general Juan José Valle. Otro gran drama argentino.

Aramburu también era acusado por el peronismo de haber secuestrado el cadáver de Eva Perón y de haber ordenado su entierro en un sitio desconocido. En realidad Aramburu sí se preocupó, con el consentimiento de la familia Duarte, por dar sepultura a un cadáver ultrajado por los delirios de un coronel y pasible de ser arrojado al río o al océano según las sugerencias de algunos oficiales de la Armada. Si conocía el destino del cuerpo de Eva Perón, es un misterio: dijo a sus captores durante el simulacro de juicio popular que dicen haberle hecho, que estaba sepulto en un cementerio de Roma, cuando el cementerio era el de Milán.

Hostil para el gobierno de Onganía, odiado por el peronismo casi sin distinciones, Aramburu era un funámbulo sobre una cuerda muy fina y en un país volátil. Tenía experiencia en esas luchas siempre ingratas: había intentado mediar entre el poder militar y el gobierno de Arturo Frondizi, su sucesor, antes de su derrocamiento en marzo de 1962.

En ese escenario aparece Montoneros.

El Caso Aramburu es la presentación en sociedad del grupo, que surge así como la primera guerrilla peronista que pasa del intento a la acción armada. Secuestra a Aramburu de su departamento en una maniobra, “Operativo Pindapoy” lo llamaron, de una limpidez, una eficiencia y una sutileza que no tuvieron ninguno de sus operativos en la década siguiente. Atraviesan el centro de la ciudad, abandonan un auto detrás de la Facultad de Derecho, recorren 400 kilómetros de la provincia de Buenos Aires con el secuestrado en sus manos, lo alojan en una estancia, lo someten a un “juicio revolucionario”, lo asesinan y lo sepultan en un estrecho sótano de la estancia propiedad de la familia de uno de los secuestradores.

Uno de sus comunicados, escuetos, de marcado estilo castrense y que invocan a Dios, revela saber que Aramburu “(…) significa una carta del régimen que pretende reponerlo en el poder para tratar de burlar una vez más al Pueblo (…)”.

Lo que hacen después del crimen, es enviar una carta a Perón en la que le explican sus razones para asesinar a Aramburu: un sector del peronismo critica a Montoneros por “estropear los planes de Perón”, y nada está más lejos de sus intenciones. Fiel a su estrategia de ser una especie de “padre eterno que bendice a todos”, estrategia revelada por otro lado sin pudores en sus charlas de actualización doctrinaria, Perón responde a Montoneros. Les dice que en absoluto han estropeado sus planes y agrega: “Encomio todo lo actuado”.

La caricia da alas a Montoneros, que ahora se siente enaltecido por Perón. En tres años, la guerrilla le disputará el poder y su herencia al viejo general, ya enfermo y de nuevo en la presidencia, con el arma que mejor conocen: el crimen político. En junio de 1973, cuando el retorno definitivo de Perón, enfrentará al sector sindical y de la derecha del movimiento en Ezeiza; en setiembre, y para “negociar” con Perón, Montoneros asesina a José Ignacio Rucci, líder de la CGT y pieza clave en su plan de recuperación del país.

Puede parecer una parábola diabólica: con Aramburu, Montoneros mata a un pedazo de historia para construir la propia. ¿Estaba dispuesto Aramburu a permitir el regreso de Perón a la Argentina, algo que ocurrió dos años y medio después de su muerte? ¿Hubiese habido reconciliación entre esos viejos adversarios? ¿Pudo ser diferente la Argentina de los años 70?

En setiembre de 1974, dos meses después de la muerte de Perón, Montoneros hace publicar un extenso artículo en “La Causa Peronista”, una revista propia, titulado “Mario Firmenich y Norma Arrostito cuentan: Cómo murió Aramburu”. Hasta hoy, es el único relato de los últimos días de vida de Aramburu. Casi todo es incomprobable. Esa versión, y las que con ligeras modificaciones le siguieron, se convirtió en la historia oficial del caso. Está llena de contradicciones, de huecos sin llenar, de enigmas. La muerte también anuló cualquier posibilidad de revisión histórica del lado guerrillero. Sólo quedan dos sobrevivientes del grupo: Firmenich e Ignacio Vélez Carreras, ambos empeñados en el silencio.

Los amigos de Aramburu desconfiaron siempre de esa narración de Firmenich y de Arrostito. En su libro “Aramburu – La verdad sobre su muerte”, el capitán de navío Molinari afirmó haber entrevistado en la ESMA a Norma Arrostito, que había sido dada por muerta en diciembre de 1976 en un enfrentamiento con las Fuerzas Armadas. No era verdad. En aquel país donde todo era posible, la “muerta” permaneció cautiva en aquel centro clandestino de detención hasta su posterior asesinato y “desaparición”. Molinari cuenta que, en referencia al relato de “La Causa Peronista”, Arrostito le dijo: “A mí me hacen aparecer narrando cosas que yo no dije”.

Sara Herrera, la viuda de Aramburu, reveló que Arturo Mor Roig, el ex ministro del Interior de Alejandro Lanusse bajo cuya dictadura Perón regresó al país y se celebraron las elecciones que dieron el triunfo al peronismo en marzo de 1973, le confesó que el asesinato de su marido no se podía investigar “porque ensucia al Ejército”. Mor Roig fue asesinado por Montoneros en 1975. Igual suerte corrieron los otros cuatro investigadores del secuestro y asesinato de Aramburu: El comisario Osvaldo Sandoval, jefe de Asuntos Políticos de la Policía Federal, fue asesinado por desconocidos en noviembre de 1970; el comisario Alberto Villar fue asesinado en noviembre de 1974 por Montoneros; Jorge Cáceres Monié, jefe de la Policía Federal durante la presidencia de Roberto Levingston, fue asesinado junto a su mujer y también por Montoneros en diciembre de 1975. Y también mataron en 1976 al coronel de inteligencia Juan Carlos Mendieta.

Hace diez años, Eugenio Aramburu hijo, expresó ante el periodista Ricardo Carpena, de La Nación, un firme convencimiento y una inquietante posibilidad: “Mi padre murió en la forma que describieron sus asesinos. Sin que ello signifique descartar la colaboración de un sector del gobierno de Onganía”. Si es así, el secuestro de Aramburu no ocurrió como lo contaron, no está contado tal como fue y a medio siglo aún es un enigma.

En su biografía de Aramburu, Fraga y Pandolfi no pueden dilucidar qué ocurrió. Sí son elocuentes cuando afirman: “Aramburu fue secuestrado y asesinado pr un grupo nacionalista civil o militar, pero nadie sabe cuál fue la trayectoria de Aramburu prisionero (desde las 9.40 del 29 hasta, a lo sumo, 36 horas después) ni de Aramburu muerto (30 de mayo al amanecer) o enterrado (7 de junio) (…)”.

Con los años, el macabro relato de Firmenich sobre el asesinato de Aramburu parece una maniobra de propaganda: feroz y descarada cuando quiere reafirmar los postulados de Montoneros, que en 1974 imaginaban a una Argentina en armas y dispuesta a instalarlos en el poder. Pero es sutil y delicada cuando intenta poner piedad donde no la hubo. Un balazo en el pecho y a quemarropa, anunciado a la víctima como una ejecución sumaria dictada por un supuesto tribunal revolucionario, es una salvajada.

Sin embargo, en ese relato, la relación asesinos-víctima parece en cierto modo comprensiva, casi amistosa. Aramburu pide que le aten los cordones. Se los atan. Se preocupa por su familia. En el instante final, cuando Abal Medina le anuncia: “General, vamos a proceder”, es Aramburu, amordazado y con un pañuelo y una media en la boca, quien da la orden que le quitará la vida: “Proceda”. Abal Medina queda abrumado por el crimen que acaba de cometer, es un buen nacionalista católico que cree haber cumplido “un mandato del Pueblo”, según insiste hoy Firmenich. Tiene que acercarse a esa escena demencial otro montonero para rematar a la víctima con otros dos disparos.

Si fue así, Firmenich, ocupado en otro sector en hacer ruido para tapar los disparos, no tuvo cómo saberlo. Se lo tiene que haber contado el atribulado Abal Medina. O quien haya rematado a Aramburu. O el misterioso cuarto o quinto hombre, el enigmático “El Otro”. La escenificada piedad, continúa con Aramburu muerto: Firmenich dice que Abal Medina es quien cubre el cuerpo con una manta.

Esta historia oficial que dictó Firmenich, el único que puede contarla y que es a la vez el Aramburu y el Abal Medina de su relato, pretende obrar como un espejo borgeano: rescata la entereza, el valor, la determinación de Aramburu, como si esas cualidades pudieran teñires a los montoneros metidos en su secuestro y muerte y a quienes la celebraron y usaron como estandarte en los terribles años que siguieron.

Pero en estos casos, quien muere siempre es más digno que su asesino.

«Operativo Pindapoy», el nacimiento de Montoneros

29 de mayo de 1970

Día del Ejército. Aramburu no es invitado por el presidente Onganía al acto en el Colegio Militar.

8.45 En un Peugeot 404 blanco, llegan al departamento de Aramburu. Carlos Capuano Martínez (21 años), Ignacio Vélez Carreras, Fernando Abal Medina (22) y Emilio Maza (27), vestidos como militares. Son miembros de Montoneros que todavía no existe como tal.

8.50 Carlos Gustavo Ramus (22), Mario Eduardo Firmenich (22 años), vestidos como policías y Carlos Maguid (27), vestido como sacerdote, llegan en una pick-up Chevrolet, se quedan a vigilar que va a suceder cuando los montoneros del primer auto bajen con Aramburu. Se suma al equipo de vigilancia Norma Arrostito, que ha venido caminando.

8.55 Abal Medina, Maza y Vélez Carreras le dicen a la mujer de Aramburu, Sara Herrera; “Venimos a ver al teniente general en representación del Comandante en jefe del Ejército”. Aramburu, que está en el baño, no tiene custodia. Sara Herrera los hace pasar y sale a hacer compras. Abal Medina le muestra a Aramburu la ametralladora que lleva escondida bajo un pilotín militar: “Mi general, usted viene con nosotros”. Suben al Peugeot el falso policía, Firmenich, y el falso sacerdote, Maguid, suben a la pick-up. Arrostito está sentada en el asiento del acompañante.

9.05 / 9.10 Según la versión dada por Firmenich, Maza, Arrostito, Vélez y Maguid bajan en Figueroa Alcorta y Pampa. Esa versión fue negada en su momento por Ricardo Grassi en su libro “El Descamisado – Periodismo sin aliento”. No está claro cuántos montoneros asesinaron a Aramburu en la estancia La Celma, de Timote.

9.30 Cerca de Aeroparque, Aramburu y sus secuestradores, abandonan la pick-up y pasan a una nueva camioneta que pertenecía a la madre de Ramus, María Iribarren.

11.35 Los secuestradores con su víctima han tomado rumbo noroeste, hacia la estancia La Celma, de la familia Ramus, en Timote. Onganía es informado del secuestro. La Policía Federal pide la captura de un Peugeot 404 blanco.

18.00 Los secuestradores llegan con su víctima a la estancia. Abal Medina le informa a Aramburu, cautivo e indefenso, que está detenido por una “organización revolucionaria peronista que lo va a someter a un juicio revolucionario”. “Bueno”, es la respuesta de Aramburu.

Anochecer En Capital y en Rosario aparece, bajo el lema “Perón vuelve”, el Comunicado número1” de “Montoneros” dice: ”Al pueblo de la Nación. Hoy 29 de mayo, a las 9.30 horas, nuestro Comando procedió a la detención de PEDRO PEDRO EUGENIO ARAMBURU, en cumplimiento de una orden emanada de nuestra conducción, a los fines de someterlo a JUICIO REVOLUCIONARIO. “Sobre Pedro Eugenio Aramburu pesan 108 cargos de TRAIDOR A LA PATRIA Y AL PUEBLO Y DE ASESINO DE 27 ARGENTINOS”.

31 de Mayo

Dan por tierra con los falsos comunicados. Montoneros da a conocer su comunicado número 3. Dice que su “tribunal revolucionario” resolvió: “Condenar a Pedro Eugenio Aramburu a ser pasado por las armas en lugar y fecha a determinar». Sara Herrera y Eugenio Aramburu hijo se entrevistan con el presidente Onganía en Olivos.

1° de junio

7.00 Según la versión de Montoneros, a las 7 de la mañana Aramburu fue asesinado en el sótano de La Celma.

Tarde Aparece el comunicado número 4 de Montoneros. Dice: «Al Pueblo de la Nación. La conducción de Montoneros comunica que hoy a las 7.00 horas fue ejecutado Pedro Eugenio Aramburu. Que Dios Nuestro Señor se apiade de su alma. PERÓN O MUERTE – VIVA LA PATRIA».

 El cadáver de Aramburu fue encontrado el 16 de Julio de 1970.

La ejecución

Según Firmenich, al amanecer del 1° de junio, Abal Medina la dice a Aramburu que está condenado a muerte y que lo ejecutarán en media hora. Le atan las manos a su espalda. Aramburu pide que le aten los cordones. Se los atan. Pide que le permiten afeitarse. Se lo niegan. Pide un confesor. Le dicen que es imposible. Preguntan qué va a pasar con su familia. Le dicen que nada y le piden que se ponga de pie, estaba acostado en una cama, y que baje las escaleras hacia un diminuto sótano. Aramburu dice: “Ah, me van a matar en el sótano”. Le colocan en la boca un pañuelo con una media y le vendan los ojos.

Ramus sale a distraer al casero de la estancia. Firmenich es enviado a hacer ruido con un martillo para apagar el sonido del disparo. Abal Medina dice a Aramburu: “General, vamos a proceder”. Aramburu dice: “Proceda”.

Abal Medina le dispara un balazo en el pecho.

Según Firmenich, el guerrillero queda abatido por su crimen. Aramburu aún vive. Otro guerrillero, se presume que Maza, le dispara dos balazos en la cabeza con otra pistola. Abal Medina tapa el cadáver con una manta. El resto cava un pozo en el sótano para enterrarlo.

Aramburu no se humilló, ni siquiera pidió por su vida y enfrentó su destino con enorme dignidad.

 

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