‘’Soldado máteme y hágase cargo de la sección, herido no sirvo para la guerra’’ le ordenó el sargento al soldado Esteban Tries.

Protagonistas de la historia reciente de nuestro país, fueron más de 14000 uniformados de las tres fuerzas armadas de la República Argentina, pero quien nos emocionó con su relato en la tarde del jueves 1° de abril de 2021, fue Esteban Juan Tries, un ex Combatiente de Malvinas que nos transmitió  su vivencia dentro de la Guerra de Malvinas desde que salieron con rumbo desconocido, hasta que se dieron cuenta que estaban en medio de una guerra.

Fue participe activo, directo, en primera persona…, tuvo la “suerte” de volver de ella y sufrir posteriormente, el proceso del desmalvinizacion, situación que lo llevo a perder cosas en el camino, las mismas cosas que luego volvieron solas de la mano de los valores. Y son esos valores, lo que hoy sale a rescatar, tal vez como aquella vez cuando lo hizo con quien hoy es su amigo entrañable y por entonces fue el Sargento Villegas, su jefe en la sección, que herido en combate y le dijo: ‘’Máteme soldado y hágase cargo de la sección, herido no sirvo para la guerra’’, pero entre el soldado Tries y otro jovencito de 18 años, sin armas, con los brazos en alto, lo rescataron al sargento y lo trasladaron hasta el hospital de campaña, donde los brillantes médicos del Ejército Argentino, le salvaron la vida y hoy el Sargento Villegas, es uno más de los tantos ex combatientes que transita cada rincón del país, para transmitir el mensaje patriótico, pacífico y esperanzador que en ese momento unió a todos los Argentinos.

 “Yo integraba la Compañía A del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 de La Tablada, llegamos a Malvinas en  la mañana del 11 de abril de 1982, domingo de Pascuas. Nos instalamos en la cercanía de Puerto Argentino, zona de posible desembarco, hasta el 1º de mayo, donde después del primer ataque aéreo, nos enteramos que había comenzado la guerra y nos trasladan a unos 2km, en la ladera del Monte Sapper Hill. Soportando ataques variados de aviación y cañoneo naval durante todos los días y noches… Hasta que el 13 de junio nos trasladan a las alturas del monte Tumbledown, y esa noche a las 23,00 horas aproximadamente contraatacamos las alturas del Monte Wireless Ridge, donde nuestros camaradas del regimiento de infantería de La Plata, llevaban más de 12 horas combatiendo contra los ingleses.”  Cuenta Tries.

‘’Era un verdadero infierno, estruendo, luces, balas que silbaban sobre nuestras cabezas, nosotros descargamos toda la artillería que teníamos, cuando de pronto vemos a nuestro jefe, al sargento Villegas, lo hieren en la panza; me pidió que lo matara; YO le dije NO mi sargento, vamos a volver y vamos a comer un asado, el comenzó a nombrar a toda su familia, a su esposa, a su hija, rezó el padre nuestro completo y se arrastró hasta el fusil para quitarse la vida; pero un soldado inglés le pisó las manos y Villegas se quitó el cinturón, entregó las granadas y quedó tendido boca arriba’’.

Esteban Tries se encarga de introducirnos con su relato, al amplio y frio campo de batalla del territorio malvinense;  ‘’Los aviones ingleses bombardeaban a toda hora o pasaban a baja altura y ametrallaban las posiciones. Los combates cuerpo a cuerpo se habían desatado a pocos kilómetros del vivac y llegaban noticias de que las refriegas eran sangrientas en San Carlos y en Darwin.
Todos los días había «alerta roja», explotaban los misiles tierra-aire y la lluvia constante inundaba los pozos de zorro y los obligaba a levantar chozas con palos y chapas, enmascaradas con pasto’’.
Recordó que el 8 de abril de 1982 recibió, en su casa de Villa Ballester, un aviso de reincorporación, un negrazo valiente que vivía en González Catán y que había instruido a Tríes lo quería a su lado en la guerra: el Sargento Manuel Villegas, conocido por su extrema dureza y, a la vez, por su extraña sensibilidad de hombre bueno.
Sesenta días después, Tríes ya no era un simple conscripto, era un guerrero de Villegas con la responsabilidad de que no se perdiera ni un hombre ni una bala. Tríes le debía lealtad total a su jefe, a quien había insultado por lo bajo durante la instrucción a raíz del rigor y fiereza con que Villegas los preparaba para la lucha. Pero con quien luego estableció una relación de respeto y afecto, y con el tiempo de amistad profunda. Villegas era duro pero jamás cruel ni arbitrario. Un líder nato seguido por una soldadesca capaz de acompañarlo hasta el mismísimo infierno.


La Compañía «A» acampaba en medio de la nada, a varios kilómetros de Puerto Argentino. Nevisca, frío, hambre y tristeza. Y las detonaciones de las baterías enemigas cada vez más cerca. Villegas se parecía a aquellos sargentos de los westerns de John Ford: hombres con más corazón que odio. Su debilidad era otro soldado débil a quien todos llamaban Lupin, un huérfano total apellidado Serrezuela, que desde los siete años había vivido en el campo sin familia y sin destino, y a quien nadie jamás le había enviado una carta.

 A Villegas le daba lástima esa carencia. Así que le ordenó a un conscripto del grupo que le pidiera a su novia un favor: debía buscar a una amiga para que ésta escribiera de su puño letra una misiva dirigida a Lupin. Cuando se hacían las colas para recibir la correspondencia, Lupin se quedaba atrás descansando o cumpliendo tareas. Sabía que en ese rito deseado no había nada para él. Pero un día el encargado del correo voceó por primera vez su apellido: «¡Serrezuela!». Y entonces Villegas vio que Lupin ni siquiera se mosqueaba. Como si no lo hubiera oído. «¡Serrezuela!», repitieron varias veces. Y nada. Lupin miraba distraídamente el horizonte. Villegas lo enfrentó: «Che, boludo, ¿usted no es Serrezuela?». Lupin pareció regresar del más allá: «Sí, pero yo no recibo cartas, mi Sargento. Debe ser un Serrezuela de otra compañía».

 Villegas tomó el sobre y se lo entregó. La cara de Lupin se transformó como si hubiera descubierto un tesoro. Abrió lenta y cuidadosamente el sobre, leyó esas pocas líneas dirigidas a él y a nadie más, y después arrugó la carta contra el pecho y caminó mirando al cielo: «Gracias, Dios míos, gracias, gracias».


Eso no impidió que el Sargento lo castigara con dureza por maltratar a su fusil, un pecado mortal en tiempos de batalla. El fusil es como la novia, soldado: se lo cuida, se lo mima y se lo lleva siempre consigo. No hacerlo equivale a poner en peligro a todos. Y Serrezuela no lo limpiaba y se lo olvidaba en cualquier rincón. Villegas no tenía forma de saber que Serrezuela le salvaría la vida cuando le impuso una tarea extenuante: vaciar de agua todos los días de la semana aquellos pozos de zorro.

Una noche Lupin se acercó a la carpa de su jefe y pidió cruzar unas palabras con el Sargento. Villegas salió al frío de mala gana, y entonces Serrezuela le dijo, en voz muy baja: «Máteme, mi Sargento, yo no sirvo para esto, soy un estorbo. Pégueme un tiro; acá nadie se va a enterar que fue usted y nadie me va a extrañar». Villegas le pegó un abrazo de oso y le dijo: «Pedazo de hijo de puta, no digas eso». Se lo dijo con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas.


No le gustaba a Villegas mostrar los sentimientos. Ni las flaquezas. A nadie había contado que cuando eran atacados el 1° de mayo por las ráfagas inglesas el Sargento más bravo había empezado a temblar como una hoja. Por suerte, su tropa no lo había visto en esos renuncios, pero a partir de esa vergüenza íntima el Sargento cargaba su propio calvario. Le rezaba todas las noches a Dios para que le diera temple en el combate y para que pudiera llevarse de este mundo a cuatro o cinco enemigos antes de morir. No rezaba para salvarse. Rezaba para irse al otro barrio con los honores que siempre había soñado.


A las dos de la madrugada del 14 de junio, recibió la orden de cargar armamento y municiones y avanzar sobre el cerro Tumbledown, vadeando el arroyo de Moody Brook. Se combatía en todas partes, y ese riacho no era muy ancho pero resultaba profundo y traicionero. Había luna llena y el cielo estaba lleno de rumores, bengalas, luces de misiles y toda clase de fuegos artificiales cuando Villegas y sus hombres se metieron en el agua y cruzaron dificultosamente con los fusiles en alto. Llegaron con frío y sin fuerzas a la otra orilla, pero escucharon la orden «¡A lo gaucho, carrera march! ¡Viva la Patria, carajo!». Y se pusieron de pie y empezaron a escalar el monte lleno de rocas.

Villegas, contra lo aconsejable, iba delante de todos trepando por esa ladera escarpada, cuando desde arriba los haces de luz de dos fusiles M16 con mira infrarroja le resbalaron por el cuerpo. Saltó en un segundo hacia el costado y evitó un proyectil, pero el segundo le entró por el abdomen y le estalló en el hueso de la cadera.
Villegas se tomó la panza y vio que le salía sangre a borbotones y que comenzaba a arderle como si le hubieran arrojado encima dos paladas de brasas de carbón. «Tiren -les gritó a sus soldados-. Tiren que están escondidos detrás de esas rocas.» Tríes no podía disparar sin correr el riesgo de balear a su propio Sargento. «Córrase, que le voy a pegar», le gritó entre las piedras. «Tire igual que yo ya estoy listo.» Como Tríes y Serrezuela no le hacían caso, Villegas se estiró para agarrar el fusil y entonces el francotirador le atravesó una mano de otro balazo. El inglés podía eliminarlo, pero prefería dejarlo fuera de combate. No tanto quizá por razones humanitarias sino por cuestiones estrictamente operativas: el manual indica que un herido ocupa a dos o tres soldados, y que hace más daño eso que matar lisa y llanamente a un enemigo.


Tríes le dijo a Serrezuela: «Vamos a buscarlo». El Sargento se empezó a sacar el correaje y le gritó: «Tríes, quedate porque te va matar». Tríes y Serrezuela se miraron en la oscuridad. Luego se incorporaron, arrojaron ostensiblemente los fusiles al suelo y levantaron las manos. Subieron en esa posición audaz quince metros hasta su jefe, lo tomaron de los brazos y lo bajaron hasta el lugar donde se habían parapetado. El inglés que los tenía en la mira dejó que hicieran todo eso sin apretar el gatillo. Villegas pedía desesperadamente agua. Tríes le dio una botellita de whisky y le llenó la boca con trozos de nieve. Había que retroceder ya mismo.

 «Tríes -lo llamó Villegas-. No creas que me pongo en héroe, pero quiero que le avises a mi familia que me quedo acá. Contales de la forma que les duela lo menos posible, ¿sabés? A mí mujer decile que lamento no haberme casado con ella y a mi nena de tres años decile que, decile.» En ese momento se fue en llanto. Pero se contuvo. Lo agarró a Tríes de la solapa y le dijo, en un hilo de voz: «Meteme un tiro. Son ocho kilómetros hasta el pueblo. Yo ya estoy listo. Meteme un tiro, no me dejés sufriendo».
El soldado parpadeaba, anonadado por la orden. De pronto se rehizo y le dijo: «De ninguna manera, usted me debe un asado». Y entonces Lupin y Tríes agarraron al Sargento, que pegaba alaridos de bronca y se resistía, le hicieron sillita de oro y lo pasaron por un pequeño puente sin que ningún inglés les disparara, mientras el combate seguía atrás y se tornaba cada vez más virulento. La marcha de esos dos soldados llevando al Sargento herido en la noche de luna llena fue penosa. Caminaron y caminaron, y Villegas perdió sangre y conciencia, y al final lograron encontrar una ambulancia. Subieron los tres y el chofer trató de llevarlos hasta el hospital de campaña, pero había demasiado hielo, resbalaron y volcaron en una cuneta. Salieron como pudieron de entre los hierros y siguieron adelante. Llegaron con el último aliento a ese hospital lleno de amputados y heridos, y le entregaron el cuerpo maltrecho de Villegas a los cirujanos.

El Sargento escuchó a uno de ellos que decía: «Le queda poco». Villegas alcanzó a decirles que no lo amputaran, que lo durmieran para siempre. Al despertarse, varias horas después, vio a varios ingleses con fusiles en la mano. «No entiendo nada», susurró. Un enfermero le respondió: «No te preocupes, ya se arregló todo». Villegas seguía sin comprender. «Nos rendimos, macho -le aclararon-. Nos rendimos.» Y Villegas se echó a llorar.


Tríes y Serrezuela ayudaron a los heridos y se acoplaron a otras tropas. Tríes recuerda que iban corriendo por Puerto Argentino y que las casas explotaban a su lado. Regresaron a casa en el Camberra y se separaron para siempre en El Palomar. Eran fruto de una causa amada y luego aborrecida, venían derrotados y su karma era la marginalidad y el olvido.
El Sargento regresó en un buque hospital. Tríes hizo lo que los superiores de su sargento no hicieron: lo visitó en el hospital de Campo de Mayo, donde Villegas estuvo un año y medio internado. Pero lo vio tan amargado y tan mal, que no quiso volver. Tampoco quiso hablar de Malvinas. Estuvo veinte años vendiendo autos, haciendo negocios en el nefasto sube y baja económico del país y eludiendo prolijamente las anécdotas del pasado. Un día hizo un clic y lloró por primera vez, y comenzó a reencontrarse con los veteranos y a buscar a Villegas, que después de la kinesiología y de años y años de asistencia psiquiátrica, le decretaron un 45% de incapacidad y lo borraron de la carrera. El viejo Sargento estaba resentido con el Ejército: se fue a trabajar de chofer de colectivos y de remisero. Tuvo hijos y nietos. Y ya de grande quiso reencontrase con Tríes. Lo buscó por Castelar y finalmente lo encontró. Poco después los sacaron a los dos por la radio y hablaron por primera vez de lo que habían vivido en el Cerro Tumbledown, en el arroyo de Moody Brook y luego en aquel monte siniestro donde los francotiradores ingleses estuvieron a punto de borrarlos del mapa.


Desde ese cruce se hicieron íntimos amigos. Asistieron juntos a escuelas a dar charlas, ayudaron a los veteranos más desvalidos, presentaron a sus familias, y comieron muchos asados. Hay un afecto especial entre ellos. Esa clase de sentimiento entre hermanos que florece solamente en la trinchera y en la solidaridad del dolor.
Un día, sin embargo, Villegas le dijo a Tríes que tenía una asignatura pendiente: encontrar a Serrezuela y explicarle por qué lo había castigado tan duramente en aquellas vísperas. Le debía esa explicación además de deberle la vida. Lo rastrearon a Lupin por toda la provincia de Buenos Aires, y sólo tuvieron una pista firme en el velatorio de un ex soldado. «Tenemos a un Serrezuela en Olivos -les dijo un veterano-. Pero apúrense porque tiene cáncer de pulmón y se está muriendo.»
Hacía quince días que no se levantaba de la cama ni se afeitaba. Tríes le avisó a su esposa que él y Villegas lo visitarían esa tarde. La cita era a las dos, y Lupin hizo un terrible esfuerzo para levantarse, bañarse y pegarse una afeitada. Estuvo sentado en una silla esperándolos a los dos, que se atrasaron y recién pudieron llegar a las cuatro de la tarde. Les caían las lágrimas a los tres. Lupin lo llamaba «Mi Sargento», a pesar de que Villegas ya no tenía cargos ni ganas de tenerlos. «Usted va a ser siempre mi Sargento -le dijo aquel huérfano congénito-. Usted ha sido mi papá.» Villegas tragó saliva y le respondió: «Yo vengo a pedirte disculpas, Lupin, y a explicarte por qué te castigué aquella vez». No hacía ninguna falta, pero se quedaron hablando horas y horas de aquellos tiempos en los que fueron gloriosamente vencidos.
El viernes de la semana siguiente repitieron la visita, pero esta vez Lupin no pudo levantarse de la cama. «Esta noche me voy», les dijo, y lo sacaron carpiendo. Al día siguiente, cuando Villegas cruzaba un peaje, sonó su celular. Era la mujer de Serrezuela: acababa de morir. Dio la vuelta, llamó a Tríes y llegaron cuando el cadáver todavía estaba tibio. En el velatorio, los veteranos de la zona pedían hablar con Villegas y abrazarlo como si fuera el Sargento Cabral. Lupin les había hablado durante veinte años de aquel héroe personal que los había guiado durante sesenta días de sangre y fuego.
Acaban de filmar un documental con las odiseas calladas de este puñado de hombres. Su título es significativo: «14 de junio: lo que nunca se perdió».
En noviembre la esposa de Villegas lo llamó a Tríes para decirle que el viejo Sargento había sufrido un golpe de presión y que no podía hablar bien. El viejo soldado sacó el auto y condujo a gran velocidad por el conurbano hasta encontrar a Villegas. Lo subió de apuro y apretó el acelerador por la autopista en busca del Hospital Militar. «Otra vez llevándote a un hospital, Sargento -le dijo Tríes-. La puta madre, ya me estoy cansando de andar salvándote la vida.» Comenzaron a reírse…Todavía se están riendo.

Éstos son los emocionantes relatos de un ex combatiente de Malvinas, el ex soldado de Ejército Argentino, ‘’Combatiente en Malvinas’’,  Esteban Tries, que siempre dicen que  no fueron *CHICOS DE LA GUERRA*, fueron soldados de la patria que  cumplieron  con el juramento de DEFENDER LA PATRIA HASTA PERDER LA VIDA* y agregaron que hoy no son loquitos de la guerra, son ex combatientes orgullosos de haber participado de una gesta histórica para nuestro país.
Felicitaciones señores, nos sentimos honrados de tener personas como ustedes que han entregado todo por la patria y para que no queden dudas…. LA PATRIA, somos todos…. Los familiares, los vecinos… los amigos…. El trabajo… la escuela… el hospital… cada pedacito de tierra donde habitamos, es la patria de cada uno… por eso… VIVA LA PATRIA…  

 

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