Mujeres de La Forestal: las más olvidadas de la historia del quebracho.

Se cumplieron 100 años de la huelga en el norte santafesino y ahora habrá mesas y debates que reavivarán el rol femenino por perspectiva de género en esos pueblos

Mujeres de los obreros y madres, maestras, enfermeras, prostitutas, parteras, curanderas, costureras, cocineras, lavanderas y planchadoras, bolicheras que vendían bebidas en los bailes de los obrajes, empleadas en los almacenes de la fábrica, domésticas de los jerárquicos y los solteros. Mujeres de La Forestal: las que sostuvieron sin remuneración a la exhausta fuerza de trabajo en el norte santafesino y en el Chaco. A ellas, las más olvidadas de esta historia en torno a la explotación al quebracho colorado y la industrialización del tanino. Una memoria repleta de olvidos y resistencias donde se las empieza a nombrar con mirada de género.

El 29 de enero pasado se cumplió un siglo de la revuelta y matanza obrera en la fábrica inglesa de fabricación del tanino en la región. Pero el recuerdo no quedó en los actos de ese día. Hasta mayo próximo habrá mesas y debates en cada pueblo forestal, organizadas por gente nacida y criada en la zona y residentes e investigadores de otras provincias que conforman el Encuentro por la Memoria, Identidad y Reivindicación de los Pueblos Forestales.

Esta vez las mujeres no serán anécdotas subterráneas ni sólo el nombre de pueblos como Villa Guillermina o Villa Ana o estrofas en el chamamé. Serán protagonistas y tema con su presencia y la compilación de recuerdos, entrevistas, historietas, trabajos académicos, literarios y musicales: un patrimonio que se viene cosechando, y otros tantos que se proyectan de ahora en más.

El 5 de marzo (tres días previos al Día Internacional de la Mujer), a las 17, se habilitará la mesa número 3, hasta hoy la más populosa de la grilla por cantidad de expositores (habrá escritoras, médicas, educadoras, legisladoras) y expectativas del público.

«Género: rebeldía y emancipación» es el título convocante a la reunión en la Biblioteca Popular Tanino, de La Gallareta (localidad con 2.400 habitantes, que llegó a más de 8 mil durante La Forestal; ubicada a 250 kilómetros de la capital provincial y a casi 400 kilómetros al norte de Rosario, en el departamento de Vera).

Se hablará de la mujer inmersa en ese pasado de explotación extractivista pero también se debatirá el presente: la mujer y su relación con el trabajo y el ambiente, la violencia de género, educación, sexualidades y derechos, entre otros tópicos. El fin ya no es sólo el de identificar, cuestionar y valorar la discriminación, desigualdad y exclusión que padecieron las mujeres sino la que siguen viviendo bajo justificaciones biológicas, morales y culturales.

Antes de esta tercera mesa habrá otros dos encuentros: el 12 de febrero, a las 18, la cita por «El derecho a la desobediencia», tendrá lugar en Villa Guillermina y, el 26 de febrero, será el turno, también a las 18, de «Entre los tentáculos de las corporaciones», en Villa Ana.

Las demás mesas serán correlativamente «Entre el latifundio y el desafío agroecológico», el 12 de marzo a las 17 en Tartagal; «Salvajerías del capitalismo: depurar, destruir, acumular”, el 24 de marzo a las 17, en Los Amores; «Capitalismo, éxodos y desarraigo: trashumando las pasiones del paisaje”, el 9 de abril, a las 17 en Fortín Olmos; «Archivos, subjetividad, justicia y salud pública: un compromiso con los derechos humanos», el 23 de abril a las 17, en Vera; «En busca de la conciencia forestal perdida», el 7 de mayo, a las 17, en Intiyaco; «Renacer entre las ruinas: patrimonio, arquitectura y educación”, el 14 de mayo, a las 17, en Margarita. Y el 25 de mayo será el cierre con la mesa 10: «Iniciativa Popular, Estado y Capitalismo», exposiciones y actividades simultáneas en los pueblos forestales. Todos los debate se podrán seguir por youtube

 

Voces y marcas sobre ellas

Dos docentes, Lorena Reynoso y Sol Cabrera; una estudiante de magisterio, Luciana Carlomagno; la presidenta de un merendero, Romina Giauque y una mujer de 88 años, Lilia Fontana, alguien que reside desde hace cuatro décadas en La Gallareta y es motor de la Biblioteca Popular Tanino y de la más reciente Radio Comunitaria Tanino. Así de ecléctico es el equipo anfitrión de la mesa con perspectiva de género que tendrá lugar en La Gallareta y que trabaja a pulmón.

«Hicimos un programa radial al que llamamos Sangre Sucia que tuvo mucho impacto en la comunidad no sólo urbana sino rural. Hablamos allí de las violencias de hoy sobre nuestros cuerpos, los micromachismos y otros temas, y a partir de eso fuimos convocadas por el encuentro por la memoria (la Identidad y la Reivindicación de los Pueblos Forestales) para armar esta mesa en la que volcaremos las memorias de las protagonistas desde los testimonios de su descendencia quienes nos compartieron lo arduas que eran las condiciones de vida rurales, las violencias sufrían hacia adentro de las familias y cómo de alguna manera se repiten ciertos patrones. Lo interesante es que pasaron cien años y esta historia fue poco contada y si algo se dijo salió de boca de los hombres»,  dice Reynoso.

Lilia, en cambio, no nació en La Gallareta pero nadie lo nota. Oriunda de Entre Ríos, llegó a la región en 1975 como docente y tras dejar los hábitos. Arribó como maestra titular de la Escuela Nacional Nª1. Es una mujer que no pasa desapercibida para nadie interesado en la historia de La Forestal: es un archivo oral andante y una maestra las 24 horas.

«Yo no hablaría de hacheras, si bien alguna mujer, pudo asumir la tarea cuando los varones sucumbían. Sí eran la compañía necesaria para los hombres en los obrajes: eran las que cocinaban, criaban a los hijos y realizaban con ellos el debaste (limpieza de los troncos) de los troncos que transportaba el cachapecero y lo hacían sin paga alguna, eran trabajadoras sin documentos y aún sin poder votar», cuenta esta mujer quien junto a las jóvenes del pueblo sigue «reivindicando el papel de la mujer y la dominación que padeció, para que no vuelva a repetirse esa historia: estamos en constante marcha hacia la libertad».

Al dar clases escuchó innumerables relatos que no solo guarda en la memoria. Lilia supo hacer radioteatro en una entrega titulada «No pasábamos hambre». Uno de estos programas fue la historia de Ana, la maestra santafesina en la escuela nacional durante los años 50, quien se había casado con Arnold, un ingeniero inglés.

«El título del programa _dice Lilia_ tiene que ver con una frase que se le escuchó decir a los hacheros, esto de no pasar hambre en La Forestal era como un rescate frente a todo tipo de explotación. Hasta podríamos decir que en mucha gente forestalera se dio como un Síndrome de Estocolmo: la matanza de hace cien años nunca existió para algunos».

 

La mujer, que no por estar cerca de sus 90 se queda quieta ni callada, trabajó siempre en la biblioteca que ya tiene 25 años, 8 mil volúmenes, radio y un museo con objetos de La Forestal, que queda en el centro histórico del pueblo.

«El edificio está a dos cuadras de la fábrica que está abandonada tanto como lo que era la casa del gerente, Todo cerca de la casa de visitas (o de huéspedes) donde hoy funciona una clínica psiquiátrica, más otras dependencias. Una pena que no se inviertan fondos para conservar ese patrimonio histórico y para investigación de todas esta historia», dice Lilia.

Investigaciones sin voz

Injusto sería decir que nadie retrató nunca a las mujeres en sus investigaciones o fotografías. Gastón Gori, entre los primeros, se refirió a las prostitutas en sus obras historiográficas. Pero lo cierto es que no se recogían las voces femeninas y mucho menos se realizaban los trabajos desde una mirada de género como sí se pretende avanzar de ahora en más a tono con la conquista de derechos desde el feminismo.

Tras múltiples viajes desde Buenos Aires a los pueblos forestales para su tesis de grado, el historiador y periodista Alejandro Jasinski publicó en 2013 «Revuelta obrera y masacre en La Forestal: sindicalización y violencia empresarial en tiempos de Yrigoyen”. Hoy sigue apasionado por el tema en pos de su tesis doctoral y es integrante de «Encuentro por la Memoria, Identidad y Reivindicación de los Pueblos Forestales».

Asegura que junto a las mujeres, hay «muchas deudas en esta historia» que se intentarán saldar en las diez mesas de debates que tendrán lugar en cada pueblo y en un equipo de investigadores mixto, con gente del lugar y de otras provincias, en construcción.

«El rol de las mujeres _explica_ no está es las fuentes documentales, sí aparecen acompañando la labor del hombre. Hay registro de una asamblea obrera en 1920 donde asistieron mujeres con sus hijos para reclamar mejores condiciones y trato laboral, para los varones, y hay un reclamo de otras tantas, costureras de las tiendas de costura y planchado, en Tartagal pero nada minucioso. Aunque sí hay una mujer destacada por su lucha: Eusebia Villarreal, la pareja de Teófilo Lafuente», el secretario general del Sindicato del Tanino durante la revuelta de hace cien años.

«Ella le telegrafió al juez de instrucción y le suplicó que trasladara a su esposo a la capital provincial para que dejaran de torturarlo», agregó Jasinski sobre la esposa del electricista que trabajó varios años en la fábrica de Villa Guillermina y quien quedó inmortalizado en un monumento el mes pasado, en el acto en memoria de la masacre.

El investigador señala también que apenas se las menciona a las mujeres en el trabajo doméstico no remunerado, en los listados de las dependencias cuando retiraban alimentos o en las denuncias policiales o informes sindicales. «La empresa sólo contrataba al varón en el obraje pero después de la década del 30, la Forestal obliga a los contratistas a tener un seguro porque los juicios por accidentes laborales eran muchos y no convenía que trabajen niños y mujeres», señaló Jasinski quien sostiene que la mujer obrera y pobre estuvo «negada» mucho tiempo incluso por otras mujeres, no así las damas de beneficencia, católicas.

«En algunos relatos surge la negación de la masacre de hace cien años, el de la represión y la explotación», dice el historiador antes de confesar que cuando hace años presentó su libro en La Gallareta una mujer mayor, muy enojada, lo interpeló con un dedo en alto diciendo que él no podía decir que allí se los hubiera explotado porque ella gozaba de buenos recuerdos de infancia y juventud y lo que sólo había faltado en el lugar era «la disciplina de los ingleses».

Para Jasinski «por suerte se ganó un terreno gigante» en el debate y «ya no hay lugar para relativizar o negar la masacre o a algunos actores» de la historia que, en el presente, se reviven como un loop cuando de manipulación empresarial en enclaves mineros, algodoneros o cerealeros del presente del país se trata.

«Somos muchos y muchas los que queremos seguir pensando y analizando que país queremos construir», dijo Jasinski.

Otro de los organizadores de los actos y mesas de debate por la Memoria e Identidad es el historiador de Villa Ana, Luciano Sánchez, también responsable de la editorial y revista de investigación histórica Añabembuí.

Junto al dibujante de Reconquista, Miguel Ahumada, recrearon la historieta «La Carta de Ana», el conflicto ficcional entre habitantes del norte santafesino y La Forestal.

La Carta de Ana es una historieta realizada por Luciano Sanchez y Miguel Ahumada que recrea de manera ficcional el…

«El nombre de mujer de la historieta hace mención al pueblo, Villa Ana, y nos preguntamos muchas cosas pero no directamente sobre el rol de la mujer en esa época, en un sistema productivo bien masculino. Hoy en los pueblos forestales las mujeres siguen acompañando, esa cultura: se sigue manteniendo y se pone en evidencia en lo lo político y en lo deportivo, si bien hoy hay muchas mujeres profesionales o que trabajan por fuera de lo doméstico», dice el docente.

Cuatro rostros de novela

Dominga, Amanda, Elena y Emi son los nombres de los personajes de cuatro mujeres que creó la escritora santafesina Alicia Barberis para retratar el universo de ausencias, destrato y dureza de La Forestal en su novela «Monte de silencios», publicada en 2018 y con blog propio.

«Me crié en un pueblo hipermachista, a los ocho años me molestaba ver que mi papá ponía sus trofeos de carreras de motos sobre el piano que mi mamá había dejado de tocar por criarnos. Pero me revelaba jugando al fútbol, al punto que me decían El Tanque Rojas (ex delantero de Lanús)», dice la autora de otros textos como «Pozo ciego», la historia del crimen de una mujer a su marido o de «El infierno de los vivos», sobre el abuso a una menor.

Barberis dice que con la novela de las mujeres del norte santafesino continuó haciendo oír su propia voz y la de muchas. «De hecho presenté el libro en los pueblos forestales y muchas sumaron sus relatos públicamente y por primera vez, como que hubieran estado silenciados, subterráneos, al decir del sociólogo austríaco Michael Pollack. Creo que las mujeres son más observadoras y los varones se mueven más cómodos en la anécdota», señala la autora que reconoce la ayuda de Jasinski en la documentación previa a la escritura de su novela.

«Conté con actas de los sindicatos y puse a mujeres sindicalistas en la historia, pero no contaba con datos de las obreras, solo de mujeres haciendo malabares con la comida, la crianza o el debaste de los troncos por el que quedaban con todos los brazos lastimados», remarcó antes de señalar que sí le hubiera gustado en esos dos años de trabajo compilar relatos de otras mujeres como las prostitutas. «Porque jugaron un rol importante en la lucha de los obreros, llevando mensajes o ayudándolos en situaciones difíciles».

 

Barberis rescató voces del pasado y del presente . Dice que para su novela «contó con la memoria prodigiosa de mujeres como Rosarito Bentos, la docente hija del caudillo Luis Bentos» y que más tarde, al presentar la novela en Fortín Olmos conoció a quienes se juntaban a tejer para resolver su economía, charlar y encontrarse. «Muchos las llamaban ‘Las putas’ sólo porque buscaban algo diferente a lo que la sociedad decretaba». Una muestra de que la lucha sigue.

Hoy su novela es parte del debate más cercano a las reivindicaciones feministas que impulsan las jóvenes a toda máquina a lo largo y ancho del país. «Aunque no puedan salir de ese lugar de opresión aún creo que las mujeres hoy podemos repensarnos», subraya la escritora como crítica y rescate de la historia de ayer y que se sigue construyendo.

Perspectiva antropológica

También hace unos años, en 2004, la hoy doctora en Antropología Social de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Marcela Brac, recorrió los territorios de Villa Guillermina, Villa Ana, La Gallareta y Tartagal para investigar la explotación foresto industrial, la organización del trabajo y la fuerza del trabajo en la zona, desde la perspectiva de su área de estudio.

La investigación se tradujo dos años después en su tesis, «Trabajadores de la industria forestal. Tiempos de trabajo y memoria. Estudio antropológico de una comunidad forestal del Chaco santafesino: Villa Guillermina». Pero ni el tema ni la zona quedaron de lado para Brac. Siguió investigando y publicando artículos en el país y en el exterior, durante su beca de formación doctoral.

 

Brac comentó a este diario que, en las entrevistas realizadas durante su investigación, ni las prostitutas eran consideradas trabajadoras sexuales. Esas huellas justamente la llevaron a preguntarse, aún lejos de una mirada de género, qué pasaba en la memoria de los entrevistados y por qué la resistencia a reconocer la presencia de las prostitutas en el entramado de ese universo de trabajo forestal.

«Cuando produje mi tesis no ponía aún eje en el trabajo femenino, sí en la resistencia que tenían los entrevistados para abordar las conflictividades laborales», señala antes de agregar que, de todos modos, es imposible hablar de la organización del trabajo sin tener en cuenta el trabajo doméstico no remunerado, realizado por las mujeres, dedicado a la reproducción y cuidado de la familia».

«La fuerza del trabajo forestal se asentó en el norte de Santa Fe y Chaco, donde no existía un mercado laboral constituido y había que generar los dispositivos para desarrollar la vida de las familias de los trabajadores, como base para la reproducción de la fuerza de trabajo. Y eran las mujeres quienes lo garantizaban», dice la antropóloga, quien hace la salvedad de que se refiere a muchas de ellas, ya que no todas cumplían los mismos roles y posicionamientos de clase.

 

Pero remarca que sobre el universo femenino recaía el peso de que los trabajadores se mantuvieran «saludables y disponibles para el trabajo». Esto es: «llegaban exhaustos de su jornada y en sus hogares se encontraban con la comida preparada, las compras hechas, la ropa limpia, a los hijos cuidados y eran esas mujeres las que proveían al capital trabajo no remunerado que garantizaba la reposición cotidiana de la fuerza de trabajo remunerada», dice Brac.

En entrevistas realizadas en 2018, años posteriores a su investigación doctoral, Brac preguntó a algunas personas de la región de qué trabajaban las mujeres, y le contestaron que «las mujeres no trabajaban».

Le aclaraban que en La Forestal “el trabajo era de los hombres”. O sea, las mujeres atendían la casa y, al igual que hoy, se encargaban de las tareas de cuidado: de niños y niñas, de la atención de la huerta y de crianza de los animales de corral, de las actividades sociales y comunitarias, pero se interpreta que no trabajaban», señala Brac a quien muchos de los organizadores y organizadoras del debate toman como referencia teórica, tanto como a la historiadora rosarina de la Universidad Nacional de Rosario (UN) Patricia Pascualis, otra investigadora con trabajo de campo intensivo en los pueblos forestales.

Voces de mujeres y varones, ahora con mirada de género, que hablan sobre las mujeres de La Forestal y su legado en el presente.

 

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