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La droga instalada en la provincia genera muertos todos los días, lo adelantaron los agentes de la DEA a mediados de los noventa.

Como si fuera un guion escrito con precisión, el pronóstico que los expertos estadounidense emitieron a mediados de los ’90 se viene cumpliendo a rajatabla en la provincia.

La profecía se desgranó en el hotel Río Grande, en el centro de la ciudad de Santa Fe, a mediados de los años 90, cuando los agentes de la DEA Terry Parham y Christopher Macolini, quienes habían trabajado en los lugares más calientes de América Latina, como Colombia, Perú y la frontera entre México y Estados Unidos, lanzaron esta frase que fue publicada en el libro Los Monos: “Todavía en Argentina viven una relativa calma en las ciudades con el delito de drogas. Pero esto se terminará ni bien empiecen a instalarse cocinas de cocaína. Eso creará un rubro nuevo en la economía local, dará empleo, abaratará la mercadería y también la multiplicará. Cuando eso pase tengan por seguro que habrá dos efectos: se diseminarán las muertes violentas y la corrupción policial alcanzará niveles que jamás vieron”.

Frente a los dos agentes estaban los efectivos de Drogas Peligrosas de la Policía de Santa Fe, muchos de los cuales fueron protagonistas de las últimas palabras de los agentes de la DEA. La clave de ese presagio apuntaba a que la violencia iba a desatarse con la proliferación de cocaína a partir de los laboratorios clandestinos que iban a procesar la pasta base que se traía desde Bolivia y Perú, adonde el agente Terry Parham fue destinado tiempo después.

Como si fuera un guion escrito con precisión, cinco años después uno de los primeros que decidió instalar una cocina de cocaína fue Miguel Ángel Albornoz, alias “Caracú”, el abuelo de Cristofer Albornoz, quien fue asesinado con su pareja y su hijita de un año y medio el domingo pasado. A la par de “Caracú” creció otro narco que decidió instalar un laboratorio, Roberto Padilla, alias “Tuerto Boli”, quien fue asesinado en 2012, por orden de otro “Tuerto” llamado Gustavo Cárdenas, que se quedó con las cocinas del oeste.

A Cárdenas lo detuvieron el 23 de octubre de 2014, en una trama que tiene algo particular. Hasta el 10 de noviembre el “Tuerto” va rotando de comisarías, y recién lo llevan a la cárcel de Piñero a principios de diciembre. Lo raro es que sólo está unos días en ese penal, porque lo benefician con la detención domiciliaria, a pesar de estar sospechado de por lo menos cuatro asesinatos.

El médico que firma el acta que le dio vía libre a Cárdenas para volver a su casa de calle Reconquista al 2100 fue el oncólogo Gabriel Zilli, quien meses después caería preso en su casa en el barrio de Arroyito, a seis cuadras de la cancha de Rosario Central, donde cocinaba cocaína junto con un “maestro” en el rubro, Wilmar Valencia Estrada, quien en esa casa le enseñó al médico hacer un proceso muy sofisticado para embeber cocaína en granos de arroz. ¿Para qué? De esa manera, los escáneres no detectan la droga. El “Especialista”, como le llaman a Valencia Estrada, fue detenido dos años después en el aeropuerto de Cali.

Después de una decena de crímenes, que no es necesario describir para evitar marear al lector, el clan Cárdenas, fusionado con los Padilla, aparece ligado al triple crimen de Empalme Graneros, que provocó conmoción porque una de las víctimas fue una beba de un año y medio, sicarios de Cárdenas y de la familia Padilla, enfrentados con los Albornoz. El triple asesinato sería consecuencia de una venganza contra el clan Albornoz por parte del clan, luego de que fuera ejecutado Juan Jesús Sosa, alias “Choro Juan”, en Formosa y 1° de mayo de la localidad de Pérez, el 3 de febrero pasado. Los investigadores creen que este muchacho, también autor de varios crímenes, fue ultimado por los Albornoz.

Los pliegues del narcotráfico que se alimenta de la violencia, como una parte inseparable del negocio, logra cumplir la profecía maldita de los agentes de la DEA.

 

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