El día que la gente se cansó, a veinte años de la marcha que encabezó Juan Carlos Blumberg e impulsó reformas en el código penal.

El primero de abril de 2004, nueve días después de que Axel Blumberg fuera ejecutado por sus secuestradores, la plaza de los dos Congresos se llenó de indignados. Los medios estimaron 150 mil personas; el padre de la víctima calcula que asistieron 350 mil. Esa noche, en la que se reclamó seguridad y justicia, los presidentes de la cámara de senadores y diputados recibieron un petitorio para cambiar las leyes

La plaza colmada de personas y de velas. El perfil de Juan Carlos Blumberg y su emoción en primer plano. Parte del coro Kennedy a su lado. Una postal de la marcha contra la inseguridad (Télam)

El miércoles 17 de marzo de 2004 raptaron a Axel Blumberg en Martínez, en la zona norte del conurbano bonaerense. La madrugada del martes 23 de marzo, seis días después, lo ejecutaron en La Reja, partido de Moreno. Había pasado un secuestro al voleo, un cautiverio masivo, una negociación espesa, una entrega frustrada, un intento de escape frustrado. El crimen a sangre fría de un estudiante de ingeniería industrial de 23 años, la frase desgarradora “hice lo que la policía me dijo y perdí a mi hijo”, la lupa mediática, el desenlace dramático, el seguimiento de la fatalidad, la consolidación de la inseguridad y la criminalización en el foco de la opinión pública, el hartazgo acumulado: el caso Blumberg fue un umbral en la sociedad argentina.

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, ofreció una recompensa de 200.000 pesos por información que llevara a la captura de los criminales. Cayeron, rápido, tres sospechosos. El presidente Néstor Kirchner, que tenía menos de un año en el poder, le exigió al gobernador que investigara en profundidad el desempeño de la policía bonaerense. Juan Carlos Blumberg, el padre del joven asesinado, ocupaba las tapas de los diarios y las pantallas de los noticieros con sentencias de su autoría que sugerían cierta incidencia de las fuerzas de seguridad: “Si sabía cómo trabajaban la policía y el fiscal no hacía la denuncia”.

En su chalet del barrio residencial de Martínez se concentraba la guardia periodística y se condensaba el termómetro social del país. “Había más de cien personas en la puerta acompañándonos. Venían muchos periodistas, cámaras, venía el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, y hasta vino Claudia Villafaña, la mujer de Maradona”, recuerda Juan Carlos Blumberg, a los 79 años, dos décadas después de esos días oscuros. La muerte de Axel era ya un asunto de Estado. Kirchner comprendió la dimensión social del suceso y lo convocó a la Casa Rosada.

 

La Policía Federal dijo que asistieron 120 mil personas. El diario Clarín estimó 150. Juan Carlos Blumberg hizo un cálculo distinto: considera que fueron 350 mil la tarde noche dprimero de abril de 2004

Blumberg aceptó. Lo acompañó una comitiva compuesta por su esposa María Elena Usonis, los padres de Estefanía Garay, la novia de Axel, y unos primos empresarios que vivían en Brasil. “Nos recibió Néstor Kirchner -retrata-. Él acompañó el duelo y yo lo encaré diciéndole que debían presentar leyes para poder ayudar. Me contestó que él no podía hacer eso, que eso lo tiene que hacer el Congreso, que son ellos los que hacen el código penal y reforman las leyes”. Sin saberlo, el presidente sembró una idea en su interlocutor. Blumberg no dudó. Entre desafiante y gratificado, le respondió: “Bueno, muy bien, entonces vamos a ir al Congreso, vamos a hacer una marcha”.

Mientras María Elena iniciaba una vida sumida en un duelo ininterrumpido, saturado de pena y desazón, Juan Carlos cargaba su cruz. Hoy los padres de Axel están separados. La madre prefiere la intimidad y el anonimato. Alguna vez dijo sentirse “muerte en vida”. El padre no: el miércoles 24 de marzo ante la tumba abierta de su hijo en el cementerio Jardín de Paz de Pilar, se comprometió a velar por la justicia y la seguridad, para que nadie más atravesara el dolor que atraviesa él. Le prometió: “Hijo, te juro que no voy a parar hasta que en la Argentina dejen de matar a nuestros hijos”. No paró. Se convirtió en un militante, un activista de su propia causa. El germen lo inoculó Kirchner, involuntariamente. Salió envalentonado de su primer encuentro con el presidente. Sabía que para cambiar las cosas debía presentarse ante el Congreso. No estaba solo.

“Con los padres de los compañeros de Axel de la Goethe-Schule hacíamos asados, jugábamos al fútbol, las madres se reunían siempre. Había una unión muy grande de los padres y de los chicos. Incluso, hace rato teníamos un sistema de intercomunicación: se hacía una cadena telefónica, cada uno era el encargado de llamar a otro, y así coordinábamos el día y la hora del encuentro. Las reuniones eran en mi casa”, recuerda. Esas reuniones fueron diarias, luego del crimen de Axel. Proyectaron la marcha y pensaron cuestiones básicas: cuándo, dónde y qué. ¿Cuándo? Debía ser un día de la semana, luego de las seis de la tarde, por fuera del horario laboral, para congregar a los trabajadores. Constataron que no hubiese probabilidades de lluvias en el pronóstico. Sería el jueves primero de abril a las 19 horas. ¿Dónde? El sitio debería ser amplio, simbólico y accesible: la plaza de los dos Congresos. ¿Qué? Una movilización con sentido de utilidad, una marcha no vacía, dotada de propuestas.

«Cuando secuestraron a Axel, teníamos 260 secuestros por mes. Un disparate. En el mismo momento, esa banda de degenerados secuestraba tres personas por semana», relata Blumberg

Establecieron responsabilidades. Entre los presentes había un coronel del Ejército, amigo íntimo de la familia: se ocupó de advertirles a las fuerzas de seguridad y de pedir los permisos para autorizar la convocatoria. La pediatra de Axel, su marido y otro médico quedaron destinados a las cuestiones de salud que pudieran desprenderse de la congregación masiva de personas. Un arquitecto fue el responsable de conseguir e instalar las luces, el sonido y el escenario en las escalinatas del parlamento. Hubo quien se encargó de contactar a un cura, a un rabino, a un evangélico y a un imán. Otro convocó al coro Kennedy. Tenían también a quien podría gestionar el ingreso al Congreso: el marido de Patricia, la ahijada del padre de la víctima, trabajaba en el sindicato del personal legislativo.

Blumberg atendía a la televisión, a las radios, a los medios gráficos. En cada entrevista pedía que la gente lo acompañara esa noche en la plaza de los dos Congresos. La mañana del jueves primero de abril, a nueve días del asesinato de su hijo, escribió en la oficina del primer piso de su casa un discurso y un petitorio, asesorado por los abogados Gerardo Ingaramo, quien luego fuera diputado porteño del PRO y presidente de la Comisión de Justicia de la Legislatura de la Ciudad, y Arturo Stanic. Eran siete puntos, siete propuestas de cambios de la legislación penal.

“El camino hacia el Congreso fue terrible porque tenía muchos custodios y me seguía mucha gente. Nos costó mucho llegar porque estaban todas las calles llenas, inundadas de personas. La convocatoria fue un éxito”, recuerda Juan Carlos. Tenía una carpeta en su mano. Había retratos de Axel en pancartas, banderas, papeles, stickers. Cada persona llevaba una vela en la mano. No había panfletos ni representaciones políticas. Estaban entre los presentes los familiares de Juan Manuel Canillas y de Diego Peralta, ambos víctimas de secuestros extorsivos, de Ezequiel Demonty, el joven de 19 años que murió ahogado en el Riachuelo luego de que efectivos policiales lo obligaran a arrojarse al río, y la mamá de José Luis Cabezas, el fotógrafo asesinado en Pinamar. Era la antesala de una noche fría y oscura. Veinte minutos después de las siete de la tarde, habló desde el escenario. “Axel es el hijo de todos ustedes, porque ustedes se lo merecen. Ahora, les pido que hagamos un minuto de silencio por él y por todos los otros chicos que tuvieron que pasar esta desgracia”, pidió.

Fueron cuatro los condenados por el crimen de Axel Blumberg: Sergio Miño, Carlos Díaz, José Díaz y Daniel Peralta. Los primeros dos eran menores al momento del hecho; los últimos dos cumplen prisión perpetua (NA/Marcelo Capece)

El respeto fue irrestricto y el silencio, escalofriante. Se entonó el himno. Cantó el coro Kennedy. El rabino, el sacerdote, el pastor de los evangélicos, el imán de los musulmanes dieron su bendición. Recién después, Juan Carlos Blumberg pronunció su discurso. “Vinimos a donde están los representantes nuestros a pedir cosas chiquitas, simples, para que nuestros hijos puedan trabajar, estudiar, y que no sean asesinados. Hoy Axel es el hijo de todos”, pronunció, visiblemente emocionado. Impartió críticas al poder judicial: “Tenemos jueces que están mucho más cerca de los delincuentes y de los asesinos que de nosotros, la sociedad”. Compartió sus pulsiones personales: “No hablo con rencor, hablo con el corazón, para que nosotros tengamos derecho a la vida”. Dijo que ellos representan el compromiso ciudadano y que si la justicia no se hace a tiempo, “entonces no es justicia”.

“Axel me está iluminando para exigir cosas que necesitamos para esta sociedad. Algunas de ellas, muy chiquitas. Las vamos a presentar en Diputados y Senadores”, exclamó. “Tenemos que pedirles al Legislativo, al Ejecutivo y al Poder Judicial, por la salud, la educación y la seguridad. La única forma en la que vamos a llegar a lograrlo es con la democracia, pidiendo nuevas leyes”, sostuvo. Leyó, punto por punto, las siete premisas de su petitorio. Eran consignas alineadas con una doctrina de rigurosidad y severidad en materia penal: una política de mano dura.

Ante una multitud que gritaba “el pueblo unido jamás será vencido” y que vociferaba conceptos como “justicia” y “seguridad”, Juan Carlos Blumberg, próspero empresario de la industria textil devenido en padre de un hijo asesinado y en emblema de la lucha contra la delincuencia, enumeró sus siete ideas:

El petitorio firmado y enviado a Daniel Scioli, por entonces presidente de la cámara de Senadores

“1. Una ley que reprima la portación de armas con pena de prisión no excarcelable.

  1. Una ley que obligue a la registración pública de la telefonía celular móvil, con indicación de los datos personales del titular y su documentación. Asimismo, se registren quiénes venden o alquilan dichos aparatos. Prohibición de venta a quienes registren antecedentes penales. Regular la facultad de las fuerzas de seguridad a verificar la titularidad en la vía pública y al secuestro de la tenencia irregular.
  2. Adoptar un sistema de documentación personal (DNI) que impidan su falsificación o adulteración, similar al implementado con los pasaportes.
  3. Legislar un sensible aumento en las penas mínimas y máximas para los delitos de homicidio, secuestro y violación (mínimo 20 años) y establecer un régimen de especial severidad, cuando en el delito participen o estén involucrados funcionarios o miembros de las fuerzas de seguridad. Las penas sean siempre de cumplimiento efectivo y total. Sin salidas anticipadas en ningún caso. Modificación del régimen de imputabilidad penal de los menores.
  4. Modificar la pena en condenas por dos o más hechos. Las penas deben sumarse sin límite máximo.
  5. Que la pena perpetua sea perpetua. No más de 25 años de máximo.
  6. Legislar imponiendo para los encarcelados -sean procesados o condenados- una reeducación a través del trabajo. Establecer un mínimo de 8 horas diarias en trabajos para la comunidad, obras públicas nacionales, provinciales o municipales. Asimismo, se instalen talleres, industrias o manufacturas de cualquier tipo en el interior de las cárceles para el trabajo y el aprendizaje de artes y oficios. El trabajo dignifica tanto al hombre libre como al detenido”.

«Vinimos a donde están los representantes nuestros a pedir cosas chiquitas, simples, para que nuestros hijos puedan trabajar, estudiar y que no sean asesinados», dijo Blumberg ante una multitud (NA/Marcelo Capece)

La misiva tenía dos destinatarios: el vicepresidente y titular del Senado, Daniel Scioli, y el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Eduardo Camaño. “Todas estas medidas requieren también una verdadera reforma del sistema judicial, a los efectos de obtener una justicia rápida, efectiva y con jueces idóneos, para garantizar la plena vigencia del Estado de derecho. Por todo lo expuesto le solicito inste a la pronta sanción de las leyes solicitadas, se acompañará a la brevedad las firmas de quienes adhieran a esta solicitud, en ejercicio del derecho a peticionar que establece la Constitución Nacional. Finalmente le recuerdo que todos merecemos vivir seguros dentro del marco de la ley. Que la ley se cumpla, hoy y siempre”, concluye el petitorio.

Luego de la lectura, descendió del escenario para ingresar al Congreso. “Me acompañaron los abogados y los padres de los compañeros de Axel. Fuimos muy bien recibidos. En la marcha la gente estaba indignada y quería ir a reclamar a la Casa Rosada. Yo le dije que no, que la movilización se terminaba en el Congreso y que de ninguna manera había que ir a ningún otro lado, que teníamos que dispersarse en paz”, acota Blumberg. “Caamaño se comprometió a hacer sesiones especiales para tratar nuestro petitorio”, dijo al micrófono al regresar. Cada vez que nombraba a políticos o autoridades del gobierno, la multitud devolvía silbidos, abucheos y desaprobaciones. Él pedía que no lo hicieran. Insistía que los reclamos debían hacerse siempre en democracia.

Como respaldo de su petitorio, circuló un listado de firmas. Blumberg aspiraba a reclutar más de dos millones de voluntades que robustecieran su propuesta: lo bautizó la “Cruzada por Axel”. Los amigos de la víctima, los del colegio secundario y los de la universidad, se encargaron de distribuirlo esa noche y el resto de los días. Juan Carlos habló con el sindicato de los canillitas para que en los quioscos de diarios ofrecieran la firma del petitorio. Había, a su vez, puestos en la cola de los supermercados. Hoy, en la oficina de la Fundación Axel Blumberg Por la Vida, conserva el sagrado documento en el que 5.545.000 de personas, con nombre, apellido, número de documento y certificación de escribano público, aprueba la postulación de su plan de remodelación del código penal.

Los recortes de los medios del mundo que conserva Juan Carlos Blumberg

El diario Clarín le dedicó la tapa el viernes 2 de abril. “La gente dijo basta” fue el título. La crónica estimó 150 mil manifestantes. Las cifras no son unánimes. Los voceros de la Policía Federal intuyeron 130 mil personas. Blumberg, con las fotos en la mano, ensayó un cálculo que peritaba ocupantes por metro cuadrado. “Esa primera marcha fue apoteósica porque había 350 mil personas en la plaza de los dos Congresos con una vela simbolizando la vida”, rememora.

Entre abril y agosto de 2004, Blumberg encabezó cinco marchas bajo el mismo lema. El 22 de abril, frente al Palacio de Justicia, congregó a 120 mil personas. Blumberg quería repetir la estrategia: le entregó un petitorio más robusto y detallado a los jueces de la Corte Augusto Belluscio y Juan Carlos Maqueda. El 26 de agosto, en el marco de una convocatoria que se valió de trescientos mil asistentes, propulsó el dictamen de las normas que los medios denominaron “leyes Blumberg”. El mismo papel llegó a las oficinas de Néstor Kirchner. En el segundo encuentro que tuvo con el mandatario, Blumberg constató: “El Presidente llamó a los bloques del oficialismo, del Senado y de la Cámara de Diputados para que estudiaran bien los puntos y si eran viables, los convirtieran en ley. Ese fue el mensaje que dio”. Finalmente, respaldado por el candor de la presión social, consiguió una serie de reformas del código penal: reprimía la portación de armas con pena de prisión no excarcelable, recortaba los beneficios de la libertad condicional a presos condenados a perpetua, incrementaba las penas para homicidios y violaciones seguidas de muerte, y aumentaba el tope a cincuenta años de prisión para los responsables de delitos concurrentes. No todas sus propuestas, algunas más controversiales que otras, lograron estatus de ley.

Llevó su impulso y su influencia a Santiago de Chile, a Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, a San Pablo en Brasil, al Distrito Federal de México, a Córdoba, a Chaco, a Corrientes, a municipios de la provincia de Buenos Aires. Fue tapa en Francia, donde el Le Monde le dedicó la frase “La revolución de un padre”. Fue tapa en Brasil, donde un artículo tituló: “La guerra de Blumberg”. Fue tapa en Chile, donde en una entrevista dijo “quiero abrirle los ojos a los chilenos”. Fue tapa en España, donde el diario El País lo definió como el hombre que “moviliza a la sociedad argentina”. Fue noticia en Suecia, donde una nota lo describe como “el padre que sacude todo un sistema político”. Fue noticia en Alemania, donde una crónica lo presenta como “un ingeniero desconocido lanza una cruzada contra el secuestro, la delincuencia violenta y la corrupción”. Guarda esos recortes en una carpeta, la misma que abrazaba hace veinte años sobre un escenario frente a una multitud. Tiene 79 años. Aún extraña a su hijo y desea que todos los puntos de su petitorio sean aprobados por el Congreso.

 

 

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